Me paso el día escornándome intentando explicar por aquí y por allá lo que está sucediendo, pero no hay manera. El otro día mismamente en una reunión de amigos salió el tema del voto, y como siempre pasa, la cosa estaba dividida, hasta que sales con aires grandilocuentes y dices: “Da igual a quién votes, los de arriba pondrán a quien quieran”. Y ya tienes la mirada inquisidora de la defensora de izquierdas, que te mira y te dice: ahora están estos y luego, pues saldrán los tuyos; esto es así, así funciona la democracia. La miras mal, lógicamente, con un poco de pena porque no se entera. Ella insiste con su mirada en hacerte saber que un día defendiste a VOX, hace muchos años, y que si un día gana la derecha, Dios no lo quiera (la ultraderecha es peor que una diarrea, según ella), pues habrá gobierno de superultraderecha y por fin podremos encadenar a nuestras mujeres en la cocina, y cantar el “Cara al sol” todas las mañanas tomando carajillos de brandy. Ella piensa, y lo piensa de verdad, no me lo invento, que estoy enfadado porque gobierna la izquierda y no acepto las normas democráticas. Así de simple es la vida para algunos, qué envidia me dan; aún tienen ilusiones y creen que viven libres.
En la misma conversación también está el que duda, no porque quiera saber, no, no, pregunta por tocar los cojones: "¿Y quién manda entonces?" Y aquí es donde viene el verdadero problema: cómo le explicas a un individuo, de cierta edad, que ha pasado toda su vida viviendo del erario público, en los mejores y más tranquilos años que ha tenido España en su historia, que estamos gobernados por el demonio. Simplemente, no puedes decirlo a no ser que quieras quedar como un indigente mental y quedes defenestrado mirando el culo de tu vaso de licor de hierbas (a veces lo hago, lo reconozco). Entonces, si tienes ganas, que a veces faltan, le explicas el siguiente escalón de la pirámide de poder, los fondos de inversión, que si BlackRock, etc., y bueno, si no desfalleces en el intento, más o menos puede que cuele. Eso sí, ni se te ocurra subir otro nivel, pues, como nombres masonería, vaticano o jesuitas, verás como un ojo le da vueltas (como un muñeco loco) y una sonrisa idiota se le dibuja en la cara y ya estás perdido.
El problema de todo esto no es que sepan más o menos, que se crean que vienen de un mono o que los dinosaurios eran reales, no, no; el problema es que nos afecta directamente en todas nuestras vidas, también en la mía, aunque no lo vean. Vivimos en un simulador perfectamente confeccionado para nosotros, para tenernos tontitos y semifelices. Son tantas las mentiras, y está todo tan embarrado, que es difícil discernir qué es verdad y qué no. Y para qué entonces, algunos damos la tabarra sin cesar, se preguntarán algunos; pues muy simple, a mayor número de gente que empiece a ver, menos posibilidades tienen de seguir engañándonos y más libres seremos, es cuestión de masa crítica. El tema es muy profundo, tan profundo que da miedo; vivimos en una secta en donde incluso se nos sacrifica, y qué les pasa a los que están dentro de la secta: lo primero que pierden es el dinero, luego la sensatez y luego la salud. Todos sabemos lo difícil que es hacer entender a un individuo que está metido en un pozo.
Hay que dar la batalla, no perder la esperanza, porque el humano es mucho más de lo que cuentan; de hecho, tiene un valor incalculable. Su espíritu (ese desconocido por muchos engendros del demonio) es magnífico, tan magnífico como la creación, como la belleza inicial, como el cantar de las estrellas. Somos mucho, y nos han hecho creer que no somos nada, y así nos va. Incluso sigue habiendo gente que muere de hambre, pobrecitos; otros que mueren en la guerra (de intereses económicos), otros que se creen el cuento climático, otros que todavía se ponen la vacuna de la gripe. Así no avanzamos; la gente está acostumbrada a la tragedia. En fin, seguiré quedando como un imbécil de vez en cuando; merece la pena.

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